Edgardo Marranti
El Copiador de la Luz
El Copiador de la Luz
El arte, en su concepción más tradicional, suele ser el refugio del "yo", el testimonio de la genialidad individual que busca el aplauso o la posteridad. Sin embargo, la obra y la vida de Edgardo Marranti desafían esta lógica de manera radical, presentándose no como una creación, sino como una misión de servicio y un acto de renuncia absoluta al egoísmo. Edgardo no se autodefine como un artista en el sentido convencional; él se reconoce como un mero copiador, un custodio de realidades que no le pertenecen pero que fluyen a través de su pincel desde otros planos de existencia.
Este resumen invita al lector a sumergirse en el concepto de la Pintura Anidimensional, una terminología que trasciende la técnica pictórica para convertirse en un portal espiritual. Un cuadro anidimensional es como un "fruto" que se desgarra de lo invisible para manifestarse en nuestra tercera dimensión; está en todos lados y en ningún lugar a la vez, permitiendo que quien se sitúe frente a la tela reciba exactamente lo que su espíritu necesita en ese instante, sin intermediarios. Los cuadros son descritos como la punta de un iceberg: lo que vemos es apenas una cuarta parte de la información, mientras que el resto permanece latente para ser interpretado por la humanidad del mañana.
La filosofía que sostiene este legado es la de un "overol espiritual", una llamada a la acción y al trabajo interno más allá de la teoría. Edgardo ha mantenido su obra fuera de los circuitos comerciales, renunciando a firmar sus cuadros o a venderlos, convencido de que lucrar con estos mensajes causaría la caída inmediata de la conexión espiritual que los sustenta. Su vida, marcada por el contacto con los Hermanos Mayores, es el testimonio de alguien que ha aceptado ser el "pato de la boda", un instrumento dócil que prefiere el silencio y la humildad de los andamios a la glorificación personal.
En estas páginas, el lector descubrirá que la historia de Edgardo Marcelo Marranti es, en realidad, un mapa de la Cosmofamiliaridad. Es el recordatorio de que somos remanentes de civilizaciones estelares, alumnos en una "escuela tierra" que se prepara para un parto cíclico hacia una Era de Luz. Este trabajo no busca el proselitismo ni exige la creencia ciega; simplemente expone una verdad vivida, una frecuencia que resuena en el ADN crístico que, todos poseemos y estamos prontos a despertar. Al desvestir la carne, lo único que el alma se lleva es lo vivido: este es el tesoro de sabiduría que Edgardo ha decidido compartir con el mundo antes de que el último pincel se detenga.
Los Informes de Mario
Capítulo 1 : El patio de los encapuchados
La historia de vida de Edgardo no se gestó en la madurez de la reflexión artística, sino en el asombro de una infancia en la que vio romperse el velo de la realidad ordinaria casi desde el nacimiento. Para un niño de apenas dos años y medio (1960), el mundo debería ser un refugio de certezas físicas; sin embargo, en una casa tipo chorizo de Villa Crespo, sobre la calle Carranza, Edgardo comenzó a experimentar una cotidianidad donde los muros no eran fronteras, sino simples umbrales para lo invisible.
La habitación de los muros permeables
Edgardo compartía sus noches en una habitación antigua de techos altos con su abuela materna, Ángela (Billy), a quien todos llamaban con amor "Nena" y a quien él consideraba su "segunda madre". El dormitorio lindaba con un patio interno cubierto por un techo corredizo de metal, una estructura típica de la arquitectura porteña de los años 60 que permitía el paso del sol durante el día, pero que de noche se transformaba en el escenario de un desfile inexplicable. Mientras el resto de la familia descansaba, el pequeño Edgardo permanecía despierto, cautivo de una visión que desafiaba las leyes de la materia. Seres de aspecto monacal, vestidos con túnicas y capuchas blancas, merodeaban por el patio. Lo más impactante para su corta edad era observar cómo estas figuras atravesaban las paredes de concreto de la habitación sin producir el menor ruido, situándose alrededor de su cama en un grupo que oscilaba entre siete y diez integrantes.
El ritual de las esferas silenciosas
Una vez dentro de la habitación, los visitantes rodeaban al niño en un semicírculo perfecto. Edgardo recuerda con nitidez que las sombras proyectadas por las capuchas ocultaban por completo sus rostros y manos, dándoles la apariencia de figuras vacías pero cargadas de una intención profunda. En sus "manos" invisibles, estos seres sostenían objetos circulares metálicos que el niño, con su limitada analogía infantil, comparaba con tapas de cacerolas. Estos dispositivos no eran simples utensilios; eran instrumentos tecnológicos que los seres movían rítmicamente sobre el cuerpo del niño, a escasos centímetros de su piel, en una especie de coreografía o rezo mudo. El movimiento era fluido, magnético y se realizaba en un silencio absoluto, como si estuvieran operando sobre su estructura energética antes de que él tuviera conciencia de poseerla.
El terror y el escudo de vigilia
Para el pequeño Edgardo, aquellas visitas no eran un honor místico, sino una fuente de terror puro. Gritaba y lloraba con una desesperación que obligaba a sus padres a correr a la habitación. Sin embargo, en el instante en que la luz eléctrica se encendía o un adulto cruzaba el umbral, los encapuchados retrocedían y desaparecían nuevamente a través de los muros. Sus padres, ajenos a la visión, solo encontraban a un niño aterrorizado sin causa aparente. Ante la imposibilidad de comprender lo que ocurría, optaron por una solución práctica: dejar una pequeña luz encendida durante toda la noche. Aquel fulgor se convirtió en su único escudo, permitiéndole finalmente conciliar el sueño en una paz vigilada, mientras desarrollaba su propia autodefensa instintiva: cruzar el brazo derecho o el izquierdo para mantener a raya a los visitantes cuando la luz no era suficiente. Estas experiencias se repitieron noche tras noche hasta que cumplió los cinco años.
Espectros en el Carnaval: Los seres sin piernas
La sensibilidad de Edgardo no se limitaba al refugio de su hogar. Durante los carnavales de su barrio, en las zonas de Chacarita y Colegiales, el misterio se trasladaba a la vía pública. Mientras la multitud festejaba entre murgas y disfraces, el niño percibía figuras que otros ignoraban. Entre el gentío, Edgardito divisaba seres grotescos que no tenían piernas y flotaban a una velocidad distinta a la humana. Estas apariciones, que se mezclaban con las farzas y el bullicio de la calle, le generaban un miedo profundo que él no podía racionalizar en aquel momento. Lo que para otros era una fiesta, para él era un recordatorio de que existía una realidad paralela habitada por entidades que podían mimetizarse con el caos de la tercera dimensión.
Marcado a fuego: El Pacto Causal
Hoy, el Edgardo adulto reconoce estos episodios no como traumas aleatorios, sino como una etapa de preparación y aleccionamiento silencioso. Según su testimonio, antes de nacer, el espíritu firma un compromiso o pacto causal con estos Hermanos Mayores de luz. Villa Crespo fue simplemente el primer laboratorio de un plan diseñado milenios atrás. Aquel niño que buscaba refugio tras el velo de su abuela Ángela —quien años más tarde, antes de fallecer, comenzaría a hablar con voces de hombre y a darle mensajes para sus pinturas— estaba siendo preparado para su futura misión como Copiador anidimensional. El terror de los encapuchados y el asombro del carnaval fueron los cimientos de una vida donde lo extraordinario se volvería cotidiano, marcando su destino con el fuego de un contacto que jamás lo abandonaría.
Capítulo 2: El silencio de la laguna
Si la infancia de Edgardo estuvo marcada por lo que sucedía intramuros en la penumbra de Villa Crespo, su preadolescencia fue el escenario de una apertura definitiva hacia el cosmos. A los 11 años, el misterio dejó de filtrarse a través de las paredes para manifestarse bajo la inmensidad del cielo bonaerense, en un evento que transformaría el terror infantil en una búsqueda incesante de respuestas.
Una noche en la Laguna
Corre el año 1968. Edgardo se encuentra acampando en las inmediaciones de la Laguna de Lobos (o en la de San Miguel del Monte, según la precisión geográfica de algunos relatos) junto a su padre y un grupo de amigos. Para cualquier niño de su edad, la jornada prometía ser una simple aventura de pesca y fogones; sin embargo, el destino tenía preparado un encuentro programado en el tiempo sin tiempo. La expedición descansaba en una carpa estructural de tipo militar, una construcción robusta de lona con divisiones internas que separaban los dormitorios de un pasillo central. Edgardo ocupaba uno de estos compartimentos, con su cuerpo pegado a la pared exterior de la tienda. La noche era cerrada y maravillosamente estrellada, carente de luna pero vibrante de claridad celestial.
Cuando la materia se desvanece
Mientras el campamento dormía en un silencio solo interrumpido por el pastar de los caballos cercanos, ocurrió lo imposible: para los ojos del pequeño Edgardo, la pared de lona de la carpa simplemente desapareció. Sin que mediara explicación física, el niño se encontró observando el campo abierto desde su lecho, como si la sólida estructura que lo cobijaba se hubiera vuelto translúcida o hubiera dejado de existir en esa dimensión. En el firmamento, una estrella comenzó a comportarse de manera errática. No era un brillo estático; el punto de luz empezó a titilar con fuerza, a agigantarse y a descender vertiginosamente hacia la tierra. Lo que a la distancia parecía un astro, se reveló pronto como un aparato físico de dimensiones colosales.
El plato de mercurio y el rugir de la tierra
La nave se asentó a unos 300 o 500 metros de la carpa. Edgardo describe la estructura como un plato volador invertido, iluminado por una luz blanca purísima. Su color era un gris mercurio singular, y su superficie parecía "hervir" o estar rodeada por una neblina propia que le otorgaba una apariencia orgánica, casi viva. La veracidad física del evento quedó sellada en la memoria del joven por la reacción de la naturaleza: ante el descenso del objeto, los caballos que pastaban cerca salieron espantados, relinchando en un pánico ciego. El estruendo de los cascos de los animales resonaba con tal fuerza que hacía trepidar la base de la carpa, confirmando que lo que Edgardo veía no era una alucinación, sino un fenómeno con masa y peso en la realidad tridimensional.
Las siluetas en el umbral
Al costado de la nave, se materializaron dos siluetas humanas de gran altura. Eran del mismo color gris mercurio que el aparato y parecían emanar la misma neblina luminosa. Aunque la distancia y el fulgor impedían ver detalles del rostro, Edgardo percibió figuras con cabellos largos que caían sobre los hombros, imposibles de definir como masculinas o femeninas en ese instante. Cuando los seres comenzaron a avanzar lentamente en dirección a la carpa, un mecanismo de protección o una orden externa hizo que el niño cayera en un sueño profundo y repentino, perdiendo la conciencia de lo que siguió.
El fin de la infancia y el inicio de la búsqueda
Este avistamiento marcó el fin del miedo visceral que Edgardo sentía por los "visitantes" de su habitación en Villa Crespo. A partir de Lobos, la curiosidad reemplazó al pavor. El impacto de haber visto la "estrella" convertirse en nave lo impulsó, años más tarde, a deambular por todo tipo de corrientes espirituales, desde sectas hindúes como Ananda Marga hasta el estudio de la parapsicología, buscando a alguien que pudiera explicarle el nexo entre su espíritu y aquellos Hermanos de luz. Esa búsqueda lo llevaría eventualmente a las puertas de Pedro Romaniuk y, más tarde, al corazón místico de la Estancia La Aurora, cerrando el círculo que comenzó bajo las estrellas de una noche de camping en una laguna de la provincia de Buenos Aires.
Capítulo 3: El Hombre Mosca
La década de 1970 en Buenos Aires fue, para Edgardo, una etapa de contrastes cinematográficos. Mientras sus amigos de la infancia en Villa Crespo y Chacarita lo veían alejarse de las canchas de fútbol y las salidas habituales, él construía una vida que oscilaba entre la exposición pública del modelaje y la soledad absoluta de los rascacielos de Retiro. Este capítulo explora los años en que Edgardo se convirtió en el "Hombre Mosca", habitando un espacio liminal entre la tierra que lo juzgaba y el cielo que comenzaba a dictarle un nuevo destino.
La danza en el abismo
De día, Edgardo desafiaba la gravedad. Su profesión era la de silletero u oficial de altura, un oficio que le valió el apodo de "Hombre Mosca". Su escenario principal eran las emblemáticas torres de la Unión Industrial y Catalinas Norte, en el área de Retiro, donde se suspendía a 135 metros de altura para limpiar cristales y realizar reparaciones. Aquel trabajo no era solo un medio de subsistencia —uno muy bien remunerado para la época—, sino una metáfora física de su estado espiritual. Mientras el mundo abajo bullía en sus rutinas, el encontraba en la altura un refugio del ruido social y del estigma que empezaba a rodearlo. Colgado de una soga, la inmensidad del horizonte porteño se convertía en el único interlocutor válido para un espíritu que ya no encajaba en los moldes convencionales.
Las luces de la noche y el "yo" público
La paradoja de su vida era total. El mismo hombre que pasaba sus mañanas suspendido en el vacío, dedicaba sus tardes y noches al modelaje publicitario, el estudio del teatro y las luces de los boliches bailables. Edgardo era un "nochero", un joven apuesto de pelo largo y barba que transitaba los círculos de la moda y la actuación. Sin embargo, tras la máscara del modelo y el actor, crecía un sentimiento de profunda ajenidad. Sus compañeros de teatro y sus amigos de "banda" no podían comprender las visiones que empezaban a asaltarlo. La palabra "loco" comenzó a resonar en su entorno cercano. Su propia familia, ante lo inexplicable de su comportamiento y su creciente interés por lo espiritual, optó por un aislamiento preventivo, marcando una distancia que lo empujó aún más hacia su mundo interior.
El ritual de las 4 de la mañana
El punto de inflexión diario ocurría en la penumbra de la madrugada. Edgardo vivía entonces en la calle Carranza, en Villa Crespo, y su jornada comenzaba a las 4:00 AM para poder llegar a Retiro antes del amanecer. En la cocina silenciosa de sus padres, mientras esperaba que la pava hirviera sobre la hornalla para cebar el primer mate, Edgardo evitaba encender las luces eléctricas. Prefería la oscuridad, pues en ese silencio absoluto era cuando la realidad dimensional volvía a rasgarse. Fue en una de esas madrugadas cuando ocurrió un evento prodigioso: sobre el vapor de la pava, emergió una visión acompañada de un canto extraño y nunca antes oído, que él bautizó como el "Canto Amanecido".
El refugio del altillo
Buscando coherencia en medio de la incomprensión, Edgardo se retiró a un altillo en la casa de sus padres en Chacarita. Allí, transformado en un ermitaño urbano de barba larga, comenzó a plasmar lo que veía en los andamios o en sus visiones nocturnas. En ese rincón, el "Hombre Mosca" dejó de mirar el vacío exterior para empezar a documentar el universo interior. Las torres de retiro le habían dado la técnica de la altura y el temple para no temer a lo inmenso, pero sería en ese pequeño altillo donde el pincel, guiado por voces metálicas y movimientos autónomos de su brazo, comenzaría a copiar las realidades de otros planos. Edgardo ya no era solo un modelo o un silletero; se estaba convirtiendo en el puente que uniría la dureza del asfalto con la sutileza de la luz dimensional.
Capítulo 4: El Egipcio en la penumbra
Hacia finales de la década de 1970, la vida de Edgardo transcurría en una aparente normalidad urbana. Vivía en la casa de sus padres en el barrio de Chacarita, Buenos Aires, y repartía su tiempo entre el trabajo en altura y sus incursiones en el mundo del espectáculo. Sin embargo, el año 1978 marcaría una fractura definitiva en su realidad cotidiana: fue la noche en que el arte, no como una elección sino como un mandato, irrumpió en su comedor.
La visita del busto flotante
La escena fue casi cinematográfica. Edgardo, entonces un joven soltero de unos 20 años, se encontraba en el comedor de su hogar escuchando música clásica. La habitación estaba sumergida en una penumbra suave, iluminada solo por el resplandor que se filtraba desde la cocina, donde su madre se encontraba realizando tareas domésticas. De repente, en el costado izquierdo del salón, emergió de la nada una visión imposible: el busto de un egipcio flotaba sobre el nivel del suelo. Edgardo recuerda detalles vívidos que desafiaban la lógica del momento: una nariz muy pronunciada y un turbante extremadamente colorido. La figura permanecía en un estado de suspensión estática, como una fotografía tridimensional anclada en el aire. Presa del miedo, el primer impulso fue refugiarse en la cocina junto a su madre, buscando la seguridad de lo conocido. Sin embargo, la visión no fue un hecho aislado. Se repitió con precisión matemática durante tres noches consecutivas.
El primer boceto y el mandato metálico
Fue durante la tercera noche cuando, venciendo el pavor inicial, decidió actuar. Tomó papel y lápiz e intentó registrar linealmente lo que veía. En el instante en que terminó el bosquejo, la figura del egipcio se desvaneció, pero el silencio que dejó fue reemplazado por una nueva forma de comunicación: voces metálicas y cortantes que resonaban directamente en su frente. Aquellas voces no eran sugerencias artísticas, sino órdenes técnicas precisas. Edgardo, quien nunca antes había tenido un pincel en sus manos ni sentía atracción por la pintura, comenzó a recibir instrucciones sobre cómo mezclar colores y preparar soportes. Lo más desconcertante era la sensación física: una energía poderosa parecía ingresar por sus codos, provocando que sus brazos se movieran de forma vertiginosa y autónoma, como si fueran operados por una voluntad externa.
El nacimiento del Copiador
Aquel egipcio en la penumbra de Chacarita no era un fantasma del pasado, sino la señal de inicio de una misión espiritual. Edgardo comprendió rápidamente que él no era el "dueño" de lo que pintaba, sino un simple copiador. A partir de ese momento, su vida personal, su carrera como modelo y sus amistades de "banda" comenzaron a quedar en un segundo plano, dejando espacio al "overol espiritual" que le exigiría, desde entonces, ser un servidor de la luz. La irrupción de este primer contacto pictórico marcó el fin del anonimato espiritual. Pronto, las visiones se multiplicarían, los seres con escafandras y túnicas poblarían sus lienzos, y la incomprensión de su entorno lo obligaría a buscar el consejo de quien sería su gran mentor: Pedro Romaniuk.
Capítulo 5: Voces de Metal
La irrupción del arte en la vida de Edgardo no fue un proceso de inspiración romántica ni el resultado de años de estudio académico. Fue, por el contrario, una invasión técnica. Tras los encuentros iniciales con el busto del egipcio en su comedor de Chacarita, Edgardo se encontró ante un dilema físico y espiritual: poseía las visiones, pero carecía por completo de la destreza para plasmarlas. "Mire, yo no sé pintar", le confesó con humildad al empleado de una tienda de arte a quien acudió buscando orientación (referenciada también como Villalba pinturería artística). Sin embargo, la instrucción verdadera no vendría de manos humanas, sino de una frecuencia sonora que marcaría el inicio de su obra.
El dictado de la frecuencia
Las comunicaciones con sus "Hermanos Mayores" adquirieron una cualidad distintiva durante el proceso creativo. Edgardo comenzó a percibir lo que él describe como voces metálicas y cortantes que resonaban directamente en su frente. No eran diálogos pausados ni sugerencias estéticas; eran órdenes técnicas precisas. Estas voces le dictaban qué colores debía adquirir, cómo debía ser la proporción de las mezclas y qué tipo de aceites o trementinas eran necesarios para cada veladura. Para Edgardo, este fenómeno no se sentía como una intuición, sino como una transmisión de pensamiento robótica y terminante. Era el lenguaje de una inteligencia que operaba fuera del tiempo lineal, transformando a un joven que nunca había sostenido un pincel en el ejecutor de una cartografía cósmica. Aquellas voces le enseñaron secretos de la pintura que ningún maestro terrestre le habría podido brindar.
La energía de los codos
Quizás el aspecto más asombroso de la técnica es la manifestación física del contacto durante el acto de pintar. Edgardo relata que, al situarse frente a la tela blanca, siente una energía poderosa que ingresa por sus codos. Esta sensación le obliga a una práctica que se ha vuelto su marca personal: pintar siempre con las mangas remangadas, sin importar si el clima es de un frío gélido. Si algo cubre sus codos, siente una opresión insoportable, una incomodidad física que le impide continuar con la obra. Una vez que la conexión se establece, sus brazos comienzan a moverse de forma vertiginosa y autónoma, como si fueran operados por una voluntad externa. Durante estas sesiones, él no entra en un trance inconsciente; por el contrario, permanece plenamente consciente, observando con asombro cómo su propia mano traza líneas y mezcla matices que él, bajo su propia voluntad, no sabría ejecutar. Se convierte, en sus propias palabras, en un "espectador de su propia obra".
El ritual del mameluco espiritual
Pintar, es un acto de servicio que requiere una preparación energética rigurosa. Días antes de iniciar una nueva serie de cuadros, comienza a ambientar el lugar, limpiando el espacio y rodeándose de música —desde composiciones clásicas hasta rítmicas melodías italianas de la Puglia— que actúa como un catalizador vibratorio. Este proceso es profundamente agotador. Tras terminar una serie de cuadros, Edgardo queda en un estado de extrema permeabilidad y debilidad física, necesitando a veces hasta una semana para recomponer su energía antes de poder reintegrarse a la vida cotidiana. Es el precio de portar el "overol espiritual", una labor que ha dado como fruto una vasta obra que el artista se niega a firmar o vender, convencido de que él es solo un "copiador" de realidades que pertenecen a la humanidad del mañana. Por lo tanto la Pintura Anidimensional no nace de la búsqueda de la belleza estética, sino de una física de la luz dictada por voces de metal y ejecutada por brazos que bailan al ritmo de una galaxia que, silenciosa, nos observa a través del lienzo.
Capítulo 6: Linajes del Despertar
El camino de un mensajero suele ser solitario hasta que encuentra a su par, a aquel maestro que ya ha desbrozado la maleza de la incomprensión social. Para Edgardo, ese faro fue Pedro Romaniuk, una de las figuras más emblemáticas de la ufología y la espiritualidad en Argentina. Existió una profunda alianza entre el "Copiador de la Luz" y el "maestro de las pirámides", una relación que transformó la curiosidad técnica en una misión de investigación de alto nivel.
La carta del hombre sitiado
Hacia finales de la década de 1970, Edgardo se sentía un náufrago en su propio entorno. Mientras sus cuadros se multiplicaban en el altillo de Chacarita, su familia y amigos comenzaron a distanciarse, temiendo que el joven modelo y silletero hubiera perdido el juicio. En un acto de desesperación y búsqueda de validación, Edgardo decidió escribirle a Pedro Romaniuk, a quien conocía por sus apariciones públicas y su reputación como investigador serio. La misiva no fue un simple saludo; fue un documento profuso de varias carillas donde el joven detalló, con una honestidad descarnada, sus experiencias desde los dos años de edad hasta la irrupción de las voces metálicas en su frente. Finalmente cerró la carta con una petición definitiva: "Si usted cree que estoy loco, dígamelo y me quedo tranquilo; si no lo estoy, dígame qué me pasa".
El examen bajo el farol
La respuesta no tardó en llegar. Romaniuk lo citó en su residencia de Rafael Castillo. Al llegar una noche cerrada, el maestro sometió a Edgardo a una prueba de fuego psicológica y energética. Pedro le ordenó pararse bajo un farol en el jardín, mientras él se ocultaba en la oscuridad absoluta entre los árboles. "Háblame a mí, que yo te escucho pero no me vas a ver; necesito saber hasta dónde es real lo que viviste", le dijo Romaniuk desde las sombras. Edgardo habló con el alma expuesta, relatando sus visiones y el fenómeno de su brazo autónomo. Al finalizar, Pedro emergió de la penumbra con una sentencia que cambiaría la vida del artista: "Yo tengo un lugar para vos. No tenés que tener miedo".
Ciencia Extraterrestre en el Colegio La Salle
La formación de Edgardo bajo el ala de Romaniuk fue académica y rigurosa. Durante dos años, Edgardo cursó la carrera de Ciencia Extraterrestre dictada por Pedro en el Colegio La Salle de Buenos Aires. En aquel entorno religioso y formal, Romaniuk impartía conocimientos que desafiaban la ciencia oficial, rodeado de un cuerpo docente que incluía parapsicólogos, biólogos y médicos. Edgardo no solo fue un alumno brillante, sino que Pedro lo reconoció rápidamente como uno de sus discípulos directos, otorgándole un lugar de privilegio en su círculo íntimo de investigación. Juntos empezaron a desmitificar los falsos contactos y a centrarse en la evidencia física y vibratoria de la presencia estelar en la Tierra.
El piloto de incógnito y el Triángulo de las Bermudas Argentino
Pedro Romaniuk, quien además era Mayor de la Fuerza Aérea Argentina, vio en Edgardo a un colaborador con una sensibilidad única. Para poder investigar zonas de acceso restringido, Pedro ideó una estratagema: hacía pasar a Edgardo como piloto de helicóptero de la fuerza. Bajo este disfraz, ambos se adentraron en lo que los militares llamaban el "Triángulo Argentino de las Bermudas", una zona que abarcaba la Península Valdés y el Golfo Nuevo. Allí investigaron la desaparición masiva de más de 600 efectivos militares y civiles que se habían volatilizado sin dejar rastro en las décadas previas. En estas expediciones, Edgardo no solo funcionaba como testigo, sino que su capacidad para ver "más allá" le permitió divisar, antes que nadie, la emergencia de la Ciudad Heliap sobre el horizonte del Atlántico, una visión que Romaniuk validó y que Edgardo plasmaría años más tarde en su obra profética.
Un linaje de sabiduría
La relación entre Pedro y Edgardo trascendió lo profesional para convertirse en una amistad de confianza absoluta; Romaniuk llegó incluso a visitar a la familia Marranti y a conocer a su hijo recién nacido, demostrando el lazo humano que los unía. Pedro fue el puente que le dio a Edgardo la seguridad necesaria para aceptar su rol como Copiador, y fue él quien finalmente le entregó la carta cerrada que lo llevaría a su destino definitivo en la Estancia La Aurora. A través de Romaniuk, Marranti se conectó con el linaje de Benjamín Solari Parravicini, de quien Pedro era el único discípulo directo. Edgardo comprendió entonces que su pincel no solo pintaba cuadros, sino que formaba parte de una red de información diseñada para despertar a la humanidad en su momento de mayor oscuridad.
Capítulo 7: La Estancia de los Hermanos
Ángel María Tonna y el álbum de fotos que desafió la realidad
Para finales de la década de 1970, Edgardo ya no era el mismo joven que recorría las calles de Buenos Aires con la mirada fija en el asfalto. Sus lienzos estaban poblándose de figuras que desafiaban la razón, y su mente era el receptor de una frecuencia que pocos en la Tierra lograban sintonizar. Sin embargo, la verdadera diplomacia estelar estaba a punto de revelarse en un rincón apartado del Uruguay: la mítica Estancia La Aurora.
El mandato secreto de Pedro Romaniuk
La llegada de Edgardo a este vórtice magnético no fue producto del azar, sino de un plan cuidadosamente diseñado por su mentor, Pedro Romaniuk. Una noche, en la penumbra de su quinta en Rafael Castillo, Pedro le entregó un sobre blanco cerrado con una instrucción terminante: "Esta carta se la vas a entregar en mano a Ángel María Tonna. Él sabrá qué hacer con vos". El viaje fue una odisea de micros, lanchas y caminatas bajo el sol inclemente, hasta llegar a una tranquera solitaria donde una campana oxidada anunciaba al visitante. Allí apareció Ángel María Tonna, conocido afectuosamente como "Toto", el dueño de un establecimiento que, bajo la apariencia de un campo ganadero, escondía la base de contacto más importante del planeta en aquel entonces. Al leer la carta de Pedro, Toto simplemente se echó a reír, como quien reconoce a un viejo amigo en un rostro nuevo, e invitó a Edgardo a pasar al corazón del misterio.
El álbum de las realidades prohibidas
Lo que Edgardo presenció dentro del casco colonial de la estancia superó cualquier expectativa. Toto no guardaba fotos de vacaciones familiares convencionales; en su lugar, desplegó un álbum de tapas azules (o negras) que contenía la evidencia física del contacto. Entre sus páginas, Edgardo vio fotografías nítidas de naves espaciales, bocetos técnicos y retratos de seres rubios y altos que caminaban por el campo de Salto. Pero el hallazgo más impactante fue la conexión con Neil Armstrong, el primer hombre en pisar la Luna. El astronauta, agobiado por el secreto oficial de la NASA, había visitado La Aurora de incógnito —usando peluquín y anteojos oscuros— para validar si Toto era un farsante o un contactado real. Al confirmar la veracidad del sitio, Armstrong le entregó a Tonna un tesoro: fotos originales del lado oscuro de la Luna, donde se apreciaban edificaciones cristalinas, estructuras tipo iglú y naves estacionadas, junto a grabaciones de la "música de las naves" (** Clic aquí ** para conocer a fondo este tema).
Ciencia en el campo: El enigma del Ombú y la NASA
La Aurora no solo atraía a místicos, sino también a la ciencia de vanguardia. Toto relató a Edgardo el suceso que marcó el inicio del contacto en 1977: una nave tipo plato se asentó sobre un tanque australiano, mientras una sonda o rayo "cortó de cuajo" un árbol de Ombú, dejándolo carbonizado en su interior pero con vida. Técnicos de la NASA llegaron al lugar con sensores electromagnéticos y descubrieron una anomalía física sin precedentes: una esfera perfectamente pulida enterrada a 25 metros de profundidad. Lo más asombroso era que el túnel que llevaba a la esfera no seguía una línea recta de gravedad, sino una trayectoria sinuosa que delataba una inteligencia artificial detrás de su colocación. A este objeto se le denominó el "Sonar Cósmico", un dispositivo que anula la energía circundante y que, hasta hoy, permanece latente bajo la tierra uruguaya.
El "Sistema Buzón" y el Portal Dimensional
Durante sus 21 días de retiro solitario en una carpa, Edgardo aprendió que la materia es solo una frecuencia ajustable. Vio cómo naves gigantescas aparecían y desaparecían mediante lo que los hermanos llamaban el "Sistema Buzón". Tal como una carta desaparece al entrar en una ranura, las naves se deslizaban de la tercera a la cuarta dimensión, volviéndose invisibles a los ojos humanos en segundos. La estancia era un hervidero de actividad: naves tipo cigarro, esferas que realizaban coreografías en forma de "8" y rayos láser multicolores que saludaban desde el horizonte cada noche. Edgardo, a pesar del terror inicial que lo llevaba a envolver sus oídos y ojos con toallas dentro de la bolsa de dormir, terminó por comprender que estaba en una universidad de luz.
El legado de un lugar sagrado
La Aurora fue, en palabras de Edgardo, la "madre del contactismo". Un lugar donde la riqueza agropecuaria se perdió para dar paso a una riqueza espiritual que curó a desahuciados y despertó conciencias antes de que Toto y su esposa Elena desencarnaran, marcando el fin de una etapa pública de contacto. Hoy, la estancia permanece en silencio, custodiada por la familia Tonna, pero el eco de sus visitantes estelares sigue resonando en cada pincelada que Edgardo plasma sobre la tela. Salto no fue solo un viaje geográfico; fue el lugar donde el "Copiador" recibió su confirmación definitiva: no estamos solos, y el mañana ya ha comenzado a pintarse.
Capítulo 8: El Lenguaje del Pensamiento
La comunicación con los Hermanos Mayores no es un diálogo convencional de palabras y gestos, sino una inmersión en una frecuencia que trasciende la materia física. Edgardo descubrió que estos seres no necesitan articular sonidos ni mover los labios para expresarse, utilizando en su lugar una transmisión de pensamiento directa y pura.
Las Voces de Metal
Esta conexión telepática es percibida por el artista como una serie de voces "metálicas y cortantes" que resuenan directamente en su frente. No se trata de una inspiración poética vaga, sino de un dictado técnico preciso y, en ocasiones, robótico, que le permite recibir información compleja de manera instantánea. Curiosamente, este lenguaje no tiene barreras idiomáticas; Edgardo afirma que estos seres pueden comunicarse en cualquier lengua, ya sea español, inglés o japonés, porque la esencia del pensamiento no conoce fronteras humanas. Para el artista, esta comunicación es similar a un "vórtice de datos" que fluye sin las limitaciones del tiempo lineal.
El Código de la "Cruz en Vibración"
Dentro de este vasto intercambio de información simbólica, surge un concepto fundamental para entender la obra anidimensional: la "Cruz en Vibración". Según el testimonio del artista, este código representa la "parte crística" de la existencia humana y es una clave para la evolución del alma. Edgardo explica que, en última instancia, "todo acto humano es una cruz en vibración". Este símbolo no debe confundirse con la cruz religiosa tradicional, sino que debe entenderse como la intersección entre la materia y el espíritu, una frecuencia que el ser humano debe aprender a equilibrar para sintonizar con la Nueva Era de Luz.
La Mente como Antena
Para recibir estos mensajes y plasmarlos en sus lienzos, el pintor debe actuar como una antena parabólica espiritual, abriendo sus canales internos para que la "lluvia cósmica" de información pueda ser procesada. Este estado de receptividad extrema es el que le permitió iniciar su obra pictórica sin haber tenido formación artística previa. Durante el acto creativo, Edgardo permanece plenamente consciente, funcionando como un "espectador de su propia mano", la cual se mueve de forma vertiginosa y autónoma bajo el dictado de este lenguaje del pensamiento. El pincel no responde a su voluntad egóica, sino a las instrucciones milimétricas sobre colores y formas que fluyen desde planos dimensionales superiores. El pensamiento es la verdadera velocidad del universo y la telepatía es la herramienta de la diplomacia cósmica del mañana. A través de la "Cruz en Vibración", el legado de Edgardo nos enseña que el lenguaje del futuro no se lee ni se escucha, sino que se siente y se decodifica en el núcleo mismo del espíritu.
Capítulo 9: Maia: La Regente de ERKS
El encuentro físico con el ser de 2.70 metros y la misión femenina
Dentro del vasto "álbum familiar" de seres que pueblan la obra de Edgardo Marranti, ninguna figura posee la relevancia espiritual y la cercanía emocional de Maia. Descrita como una entidad de luz de 2.70 metros de altura, de complexión delgada y con una distintiva melena leonina, Maia no es solo un rostro recurrente en sus lienzos, sino la regente de centros intraterrenos fundamentales como Erks y la ciudad submarina de Heliap.
La fisionomía de lo sutil
Maia personifica la naturaleza de los Hermanos Mayores: seres asexuales que han trascendido la procreación biológica para manifestarse a través de la energía. Edgardo explica que, aunque ante los ojos humanos su estética puede parecer femenina por la delicadeza de sus rasgos, carece de atributos sexuales y crea su cuerpo mediante una poderosa energía proyectada desde la frente. Encontrarse ante ella no es solo un impacto visual por su estatura, sino una experiencia de transparencia total; el artista relata que estos seres perciben lo más recóndito y oscuro del alma humana, pero lo hacen sin juicio, envolviendo al testigo en una frecuencia de amor puro que disuelve cualquier rastro de vergüenza.
El milagro de las "hijas de Maia"
Una de las facetas más conmovedoras de este capítulo es la misión específica de Maia con las mujeres y los niños. Edgardo ha sido testigo de testimonios desgarradores de mujeres diagnosticadas con esterilidad irreversible por la ciencia oficial que, tras visitar la Estancia La Aurora y tener encuentros dimensionales con Maia, lograron concebir de forma inexplicable. El autor narra la historia de un matrimonio uruguayo que, tras años de búsqueda infructuosa, recibió la visita de Maia en su dormitorio: un ser altísimo que traspasó la pared y les aseguró que el camino estaba abierto. Tiempo después, en gratitud por el nacimiento de sus hijos, esta familia buscó a Edgardo tras ver su cuadro, confirmando que la mujer que habían visto era exactamente la que él había copiado sobre la tela.
La Regente en el espejo
La relación de Edgardo con Maia alcanzó su punto máximo de confirmación durante una charla en un cine de Rosario. Abrumado por los nervios de un auditorio repleto, Edgardo se refugió en el camarín, incapaz de articular palabra. Al mirarse al espejo pidiendo asistencia, la imagen de Maia apareció fundida con la suya, otorgándole una paz instantánea que le permitió dar una de las conferencias más brillantes de su carrera.
Comandante del Plan de Luz
Más allá de su rol maternal y sanador, Maia es presentada como una estratega cósmica. Según las visiones de Edgardo, ella es quien coordina el complejo plan de rescate y adoctrinamiento de los 44 tripulantes del ARA San Juan en la base Heliap, preparándolos para ser el equipo de cobertura invisible que apoyará la futura misión del Hombre Gris. Maia se alza así como el "caballito de batalla" de la pintura anidimensional: un recordatorio de que la diplomacia estelar tiene un rostro de luz que abraza especialmente a los más vulnerables, operando desde el silencio de las ciudades intraterrenas para guiar a la humanidad hacia su propio despertar crístico.
Capítulo 10: La Ciudad de Heliap
El misterio del ARA San Juan y los 44 tripulantes en el lecho marino
Uno de los capítulos más impactantes y contemporáneos en la vida de Edgardo es su conexión con la tragedia del submarino ARA San Juan. Lo que para el mundo fue una pérdida irreparable en las frías aguas del Atlántico Sur, para Edgardo fue la confirmación de una geografía sagrada que él ya había empezado a copiar décadas atrás: la existencia de Heliap, una ciudad submarina e intraterrena de proporciones colosales.
La ciudad invisible en el abismo
Edgardo tuvo el primer vislumbre de esta ciudad en 1983, mientras realizaba investigaciones en la Península Valdés junto a Pedro Romaniuk. Localizada a unos 500 o 600 kilómetros en línea recta hacia el este de Caleta Valdés, Heliap no es solo un refugio submarino; es una base situada a 6.000 metros de profundidad en el lecho marino, extendiéndose otros 5.000 o 6.000 metros bajo la corteza terrestre. Según el artista, la base está protegida por un "corazón" energético —una esfera de luz— que genera una campana invisible, haciéndola inmune a terremotos, tsunamis o las leyes de gravedad terrestres. Edgardo afirma que potencias como Rusia y Japón conocen su existencia, e incluso asocia el nombre de un dispositivo tecnológico japonés ("Heliap") con esta base, sugiriendo que la tecnología humana actual es "chatarra" frente a la perfección de este faro dimensional.
El rescate de los 44
El relato de Edgardo desafía la versión oficial del hundimiento ocurrido en noviembre de 2017. El artista sostiene que, antes de que el submarino sufriera un colapso total por una falla en las baterías, una nave de luz tipo plato gigante abdujo a los 44 tripulantes. En Heliap, los tripulantes no fueron recibidos como prisioneros, sino como patriotas y hermanos en una misión superior. Marranti describe haber visto en sus visiones cómo estos hombres y mujeres eran inicialmente asistidos por otros humanos que ya habitaban la base, para luego ser instruidos por los Hermanos Mayores, bajo la regencia de Maia.
Adoctrinamiento y maestrías de luz
La vida en Heliap, según estas visiones, transcurre en un estado de alegría constante y sin enfermedades. Los tripulantes están siendo adoctrinados en "maestrías", aprendiendo a operar tecnología sofisticada, manejar naves y realizar viajes dimensionales o astrales. Físicamente, el contacto con seres de luz ha transformado a los marinos: sus pieles son más tersas y sus ojos irradian una frecuencia de paz absoluta. El artista enfatiza que esta experiencia fue un compromiso firmado por el espíritu de cada tripulante antes de nacer. Aunque la dicotomía entre la pérdida física y la misión espiritual es dolorosa para las familias, Edgardo ha servido de puente con varias madres de los tripulantes, transmitiendo mensajes de sus hijos que aseguran estar vivos en una "misión de luz".
Capítulo 11: El Instante del Hombre Gris
Decodificando a Parravicini y el cuadro "Mendolar"
En el imaginario profético de Argentina, ninguna figura despierta tanta fascinación y debate como el Hombre Gris. Anunciado inicialmente por Benjamín Solari Parravicini —el "Nostradamus argentino"— y respaldado por las visiones de Don Orione, este personaje representa el punto de inflexión donde la nación deja atrás su "árbol seco" para florecer como un faro espiritual. Para Edgardo, esta figura no es una mera teoría literaria, sino una realidad vibratoria que ha plasmado en uno de sus lienzos más significativos: "Mendolar".
La fisionomía del equilibrio: ¿Por qué "Gris"?
La denominación "Gris" ha llevado a muchas interpretaciones erróneas, sugiriendo a menudo una falta de definición o una mediocridad política. Sin embargo, Edgardo explica que el término describe un estado de equilibrio perfecto. El Hombre Gris es aquel que se sitúa justo en la intersección entre el cielo y la tierra; no es un ser puramente cósmico que resultaría inalcanzable para la masa, ni un hombre puramente materialista atrapado en la densidad de la tercera dimensión. Es un humano común, con familia, sangre y problemas cotidianos, pero que posee el ADN crístico activado. Esta cualidad le permite actuar como un puente o antena, capaz de recibir y aplicar la instrucción de los Hermanos Mayores en la gestión de un gobierno basado en la luz y el amor, y no en el poder o el dinero.
"Mendolar": El mapa espiritual del elegido
El cuadro "Mendolar", pintado en julio de 2016, no busca retratar el rostro físico del futuro líder, sino su fisionomía espiritual. El título mismo es un código encriptado que Edgardo ha decodificado para sus seguidores:
MEN: El hombre (Man) de inicio estelar.
DO: El inicio o el dar.
LAR: El "Plan Velar", la protección y corporización de la luz por parte de los Hermanos Mayores.
En este lienzo, se ha ocultado deliberadamente las iniciales del nombre y apellido real del individuo, un secreto que protege su identidad hasta que los acontecimientos marquen su salida a la luz pública. La misión de Edgardo es clara: cuando el momento sea llegado, deberá entregar este cuadro en mano y de forma gratuita a su legítimo dueño, quien hoy todavía ignora el rol trascendental que le espera.
De las masas al sillón de Rivadavia
Según este testimonio y las profecías analizadas, el Hombre Gris no surgirá de las cúpulas políticas o militares tradicionales. Emergerá de las masas, del pueblo mismo, en un momento en que Argentina toque fondo social y espiritualmente. Edgardo lo describe como una persona de bajo perfil pero gran poder interno, muy respetuoso de los códigos y con una formación vaticanista o papista, totalmente ajena hoy al fenómeno ovni. Su asunción no será un acto de ambición; por el contrario, la profecía indica que inicialmente se negará a tomar el mando, consciente de la magnitud de la crisis. Sin embargo, el compromiso firmado por su espíritu antes de nacer y la guía directa de los seres de luz le obligarán a aceptar su destino para transformar a la Argentina en una "Potencia Samaritana".
Capítulo 12: Antártida: El Corazón de la Base Leo
La inmensidad blanca de la Antártida, tradicionalmente vista por la ciencia como un desierto de hielo hostil, es revelada en el testimonio de Edgardo como el enclave estratégico más importante para la jerarquía estelar en la Tierra. Bajo sus capas de hielo eterno, no solo se resguarda una geografía física inalcanzable, sino que palpita el centro operativo de luz más vasto del planeta: la Base Leo.
La arquitectura de una ciudad estelar
La estructura de esta base, denominada técnicamente como "Base Estelar Cosmos Dimensional", desafía cualquier noción arquitectónica humana. Edgardo la describe como una construcción de proporciones colosales que adopta la forma de una gran "torta" o embudo cónico que se ensancha hacia las profundidades de la corteza terrestre. En el epicentro de esta ciudad interdimensional reside su "Corazón": una esfera de luz multicolor que flota magnéticamente sin tocar las paredes de su cúpula. Este dispositivo no es solo una fuente de poder; es un generador de campo energético que envuelve a toda la base en una "campana invisible", haciéndola totalmente inmune a los movimientos sísmicos, tsunamis o las leyes de gravedad que rigen en la superficie del planeta. Desde este núcleo, se extienden canales y puentes energéticos que conectan a la Antártida con otras bases intraterrenas como Erks o Heliap, conformando una red de luz planetaria.
Diego: El Comandante de la Frecuencia Solar
Si Maia es la regente de las bases en el Cono Sur, la Base Leo tiene como guía principal a un ser de altísima graduación espiritual llamado Diego. Diego es un hermano mayor de naturaleza "crística", similar en fisonomía a los seres rubios y delgados que Marranti ha copiado en sus cuadros, pero con una responsabilidad técnica y espiritual única sobre este centro polar. Un detalle singular que Marranti revela es que Diego es el único ser que le ha permitido conocer su nombre real, el cual no es una palabra humana, sino una vibración sonora u "obra solar" imposible de transcribir fielmente a nuestro lenguaje. El nombre "Diego" es simplemente un código familiar utilizado para que el intermediario pueda identificar su frecuencia sin deificarlos, ya que estos seres se consideran a sí mismos meros servidores de un plan divino superior.
El Cubo y el tamiz de la oscuridad
La revelación de la Antártida no está exenta de sombras. Edgardo confirma la existencia de una base de polaridad negativa en la misma región conocida como "El Cubo". Este sitio está habitado por seres denominados "longilíneos", entidades de naturaleza oscura con las que han contactado en secreto diversos jerarcas y potencias mundiales buscando beneficios materiales o tecnológicos. Sin embargo, la presencia de "El Cubo" cumple una función dentro del equilibrio universal: actúa como un "filtro de moscas". Aquellos humanos que se acercan a la Antártida movidos por ambiciones egoístas o vibraciones densas quedan atrapados en la frecuencia de la base negativa, mientras que la verdadera base de luz permanece oculta, accesible solo para quienes han sido llamados por su propio merecimiento interno y trabajo espiritual.
Capítulo 13: El Golpe del Destino
Hacia el año 2021, la vida de Edgardo sufrió una fractura física tan inesperada como transformadora. Un accidente cerebrovascular (ACV) paralizó el lado derecho de su cuerpo, el mismo lado con el que había plasmado más de 2.000 obras en el lienzo durante cuatro décadas. Para cualquier artista, perder la funcionalidad de su mano dominante sería el fin de su carrera; para él, fue simplemente el cierre de un ciclo programado y el inicio de una nueva maestría.
La mano de palo
El renacimiento comenzó con lo que él llama cariñosamente su "mano de palo": su mano izquierda, que hasta entonces había sido ruda y sin destreza. Los primeros intentos fueron garabatos, trazos inciertos que poco a poco fueron ganando la fluidez de un lenguaje nuevo. Lo que surgió de este esfuerzo fue una obra mucho más abstracta y veloz que la anterior. A diferencia de su etapa diestra, donde podía dedicar semanas a un solo cuadro, las obras de la mano izquierda fluyen con una velocidad vertiginosa; a veces termina una tela en menos de una hora. Esta etapa ha sido prolífica, superando ya las 500 obras que el artista considera más ligadas a la esencia espiritual que a la forma física.
Capítulo 14: Sin Bocetos
La mudanza de Edgardo a Villa Giardino, en la provincia de Córdoba, no fue solo un cambio de código postal, sino el escenario de una metamorfosis profunda en su proceso creativo. En este rincón serrano, conocido por su quietud y su magnetismo, el "Copiador de la Luz" abandonó las viejas estructuras de su etapa porteña, y el el bolsón, para abrazar una recepción inmediata y fulminante.
El torrente de la inmediatez
Durante más de cuatro décadas, su técnica seguía un patrón riguroso: recibía imágenes de forma esporádica, las registraba en bocetos rápidos que acumulaba durante meses y, finalmente, dedicaba jornadas intensivas de diez días a pasarlas al óleo. Sin embargo, en Villa Giardino, ese "almacén" de imágenes desapareció. Ahora, Edgardo describe su proceso como una "cascada" o un "torrente" de información que baja en el momento exacto en que se sitúa frente a la tela. No hay esperas ni acumulación; la imagen recibida se plasma en el día, eliminando el paso intermedio del boceto guardado.
Capítulo 15: La Pintura del Futuro
El tramo final de la obra de Edgardo Marranti no se limita únicamente a los lienzos; se expande hacia el lenguaje universal del cine. Explora el proceso de creación del documental "La pintura del futuro", dirigido por Alejandro Maly, y cómo esta pieza audiovisual se ha convertido en el testimonio definitivo de una vida entregada a lo invisible, sirviendo como puente entre la humanidad actual y la inminente Era de Luz.
Epílogo: Potencia Samaritana
El testimonio de Edgardo no concluye como una biografía convencional, sino como un llamado a la trascendencia y una visión profética sobre el rol de la Argentina en el concierto de las naciones. Este epílogo sintetiza el destino de una tierra elegida y el mensaje final de un hombre que, tras décadas de portar el "overol espiritual", comprende que el arte es solo el lenguaje con el que el Cielo se comunica con la Tierra.
Argentina: El Faro del Cono Sur
A través de las fuentes analizadas, se revela que la Argentina no es solo un territorio geográfico, sino un escenario espiritual diseñado hace miles de años, mucho antes de que la nación existiera como tal. Según las profecías decodificadas por Edgardo, el país está destinado a convertirse en un faro de luz que iluminará al resto del mundo. Este proceso, descrito como un "parto cíclico", implica que Argentina vivirá de forma adelantada los cambios que luego experimentará el resto de la humanidad. En este contexto, surge el concepto de "Potencia Samaritana": una nación que, tras tocar fondo social y espiritualmente, emergerá con los brazos abiertos para albergar y alimentar a los "hermanos dolientes" que vendrán del viejo mundo buscando refugio. No se trata de un nacionalismo soberbio, sino de una misión de servicio y humildad.
Anexo I. Glosario de Seres: La Familia Cósmica
A lo largo de su vida, Edgardo ha identificado a diversos seres que no solo asisten su labor pictórica, sino que cumplen funciones específicas en el Plan de Luz para la Tierra. Aunque utilizan nombres humanos para facilitar la comunicación, estos son solo "nombres de tránsito" de sus últimos estadios evolutivos.
Maia: Es la figura central y "caballito de batalla" de la obra de Edgardo. Actúa como la Regente de Erks (Córdoba) y de la base submarina Heliap.
Nicolás: Descrito como un ser extraterrestre de aspecto crístico. Tiene una estatura de entre 2.70 y 3 metros y posee seis dedos en sus manos.
Alan: Un Hermano Mayor que trabaja principalmente en la coordinación y contacto con las naves espaciales.
Lea: Ser de luz que ha proporcionado instrucciones precisas sobre cómo deben interpretarse y manejarse los escritos y cuadros para que el mensaje llegue correctamente a la humanidad.
Marcos: Un ser más esquivo que los demás, cuya presencia física fue documentada en la Estancia La Aurora mediante el vaciado en yeso de sus huellas, las cuales mostraban pasos de 1.50 metros de longitud.
Doctor Mayor: Una entidad espiritual de alta graduación que asiste en procesos de sanación y cirugías complejas.
Diego: Es el comandante de la Base Leo en la Antártida.
Anexo II. Catálogo Selecto de Obras (1979 - 2026)
La obra denominada Pintura Anidimensional, consta de más de 2.500 cuadros.
Cada pieza funciona como un portal que trabaja en los circuitos inconscientes de quien la observa.
"Maia" (11/11/1979): Una de las obras primigenias y más emblemáticas, que retrata el rostro de la Regente de Erks.
"Canto Amanecido" (27/01/1986): Plasmado tras una visión sonora que emergió sobre el vapor de una pava en la madrugada mientras Edgardo trabajaba como silletero.
"Men-do-lar" (24/07/2016): Retrato espiritual (no físico) del futuro líder argentino conocido como el Hombre Gris. El título es un código: MEN (hombre), DO (dar/inicio), LAR (Plan Velar de los hermanos).
"Base Estelar Cosmos Dimensional" (Base Leo, 12/01/2021): Muestra la arquitectura de la base de luz más grande de la Antártida, con su "corazón" de energía flotante.
Nota Final: La obra completa se encuentra documentada en libros editados que Edgardo y su familia han distribuido gratuitamente, fieles a la premisa de que "la verdad no tiene dueño" y pertenece a la humanidad del mañana. Esos libros en formato digital se puede descargar gratuitamente ** Clic Aquí **
















