ALERTA ROJA EN EL URITORCO
Extracto del libro: “Luces sobre el Uritorco”
Autor: Jorge Alberto Suárez
No cabe duda que 1986 fue un año que quedará en el recuerdo de todos los capillenses. En Enero de ese año se había producido el asentamiento en el Pajarillo, y en Marzo, el Uritorco había sido testigo de un contacto de segundo tipo, protagonizado por un grupo de personas que transmitieron en directo sus experiencias a una radio. Provocando una polémica encendida entre los periodistas de la ciudad de Córdoba.
Una controversia parecida se produjo entre los Capillenses, quienes se encolumnaron detrás de dos posiciones bien definidas y por supuesto, diametralmente opuestas. Algunos sospechaban que estos hechos estaban pergeñados con intenciones turísticas, y otros comenzamos a creer que estos fenómenos podían atribuirse a una presencia mucho más seria y profunda. Sin embargo si analizamos objetivamente lo ocurrido, toda sospecha sobre la construcción artificial de semejantes “efectos especiales” choca con un argumento contundente: el costo de semejante despliegue.
Imaginemos cuánto costaría construir un objeto circular de casi 100 metros de diámetro capaz de trasladarse sobre una sierra, a su vez, dejar una huella de las dimensiones impresionantes que se observaron sobre la sierra del Pajarillo.
Esto si no tenemos en cuenta los estudios posteriores realizados por los especialistas en el tema, donde no se pudo encontrar ninguna explicación natural o artificial para que los pastos y la tierra sufrieran un calentamiento tan repentino.
¿Y el objeto ovoide que se trasladaba en zigzag a gran velocidad observado por los integrantes del operativo Uritorco? ¿Cuánto dinero se necesita para construir semejante ingenio mecánico? Por eso resulta absurdo sostener semejante suposición. Sinceramente ser escéptico frente a estos fenómenos resulta sumamente caro.
Pero así estábamos los capillenses por aquellos meses; reeditando el enfrentamiento en versión moderna de Montescos y Capuletos, discutiendo apasionadamente mientras la naturaleza, indiferente a estas opiniones, cumplía su periódica mutación vegetal. En este cambio biológico, nuestro Cerro que en el estío se muestra de un color verde esmeralda, a fines del otoño y ya próximo al invierno, se cubre de color ocre, pese que al atardecer, la floración de los quebrachos en los faldeos de la sierra, torna en una tonalidad rojiza la pétrea figura del Uritorco, ofreciendo una imponente y bellísima imagen a quienes lo visitan en esa época.
Cerro Uritorco - volviendo del balneario "La Toma"
Descalzos y vestidos con túnicas blancas
Cuando se aproximaba el invierno del ’86, y creíamos que nada nuevo podía inquietarnos, el pueblo se vio de nuevo conmocionado por una noticia que puso a la zona en “alerta roja”.
Cuatro jóvenes que habían ascendido al Cerro se habían extraviado. La denuncia había sido hecha desde Buenos Aires al cuerpo de bomberos de la vecina ciudad de la Falda, ubicada a 30 kilómetros de Capilla del Monte. Este destacamento fue el primero en ascender cubriendo en su búsqueda la zona más visitada y accesible al Uritorco. En ese primer momento se creía que los jóvenes eran simples excursionistas. Con estos pocos datos los habitantes del pueblo creímos que serían encontrados rápidamente.
Pero no fue así. Pasaron los días y para ampliar el área de rastreo tuvieron que sumarse más personas a la búsqueda. El 21 de Junio, cinco días después de la desaparición de los jóvenes, se encontraban abocados a la tarea los cuerpos de bomberos de Jesús María, La Falda, Cosquín y Capilla del monte, junto a personal policial de nuestro pueblo, el Cuerpo Especial de la Policía (C.E.P.), la sección Canes de la Unidad Regional Nro. 1 y dos helicópteros, uno de la Fuerza Aérea y otro de la Gobernación.
Nuestra preocupación crecía hora a hora, ya que el tiempo en aquellos días de invierno se presentaba particularmente frío, con nubes bajas y fuertes ventiscas, así como precipitaciones de “garrotillo”; una especie de agua-nieve fina, muy común en las sierras en esa época del año.
El viernes recibimos la primera sorpresa que modificó completamente la suposición que hacía los extravíos como simples excursionistas. Ese mediodía, una perra Setter Irlandés de la Sección Canes, llamada Furia, encontró en los alrededores del Uritorco, los abrigos, la documentación y lo que sorprendió poderosamente la atención, los calzados de los jóvenes. A esa altura nos preguntábamos quien podía ser tan insensato para aventurarse a caminar descalzo por el Cerro.
Por supuesto las conjeturas que se tejieron a raíz de este descubrimiento fueron infinitas. Se habló de ritos satánicos, consumo de drogas y orgías sexuales, mientras conocíamos a través de la prensa los nombres de los jóvenes “perdidos”. Se trataba de Ricardo Quinteros de 29 años, Mario Nuñez y Gabriela Catanzano, ambos de 22 años, y un menor de 16 años llamado Cristián Quinteros. Junto a ellos habían ascendido al Cerro cuatro personas más: tres mujeres y un hombre. Estos habían descendido el martes 17, es decir al día siguiente al ascenso, regresando inmediatamente a Buenos Aires.
Si bien no teníamos mayor información comencé a reflexionar que nos equivocábamos si pensábamos en rituales, orgias o drogas.
Analizamos serenamente los pocos datos con que contaba concluí que este hecho podría estar relacionado con los contactos extraterrestres que se estaban produciendo en la zona. Luego vería confirmadas mis dudas.
El lunes 23 de junio de 1986 se había intensificado la búsqueda, ya que el buen tiempo permitió que operaran el helicóptero, ampliándose considerablemente el área de rastreo, Fue así como a media mañana desde una de las aeronaves se avistó sobre el sendero que lleva a la cima del Cerro, a dos personas que se desplazaban con dificultad y se advirtió a los grupos de búsqueda, quienes en pocos minutos los encontraron a Ricardo y Cristian Quinteros, tío y sobrino respectivamente. Los dos estaban descalzos, con poco abrigo y, aunque intentaron ocultarlo, vestían túnicas blancas (¿?).
El descenso debieron realizarlo sobre los hombros de los componentes de la patrulla, porque se encontraban casi deshidratados y con los pies muy lastimados. En el hospital Vecinal de Capilla del Monte fueron rápidamente atendidos y se dispusieron las primeras curaciones. El director del Hospital, Doctor Raúl Peralta fue el encargado de informar a la prensa que el estado de salud de los internados no entrañaba peligro.
Esto permitió que la policía les tomara declaración, y así se supo que todavía se encontraban en el Cerro, Mario Nuñez y Gabriela Catanzano, de quienes los Quinteros se habían separado tres días atrás. Por lo tanto la búsqueda continuó.
La misma tarde del lunes, dos jóvenes que se encontraban en el paraje conocido como Huertas Malas, realizando una excursión de caza, comenzaron a jugar con el eco que ofrecía el cañadón. Pero de pronto descubrieron que las voces que les devolvían las rocas, no les pertenecían. Entonces hicieron silencio y escucharon un llamado de auxilio. Orientándose por esa voz, encontraron a una joven vestida con una túnica blanca y con los pies totalmente destrozados. Se trataba de Gabriela Catanzano.
Como la noche ya se aproximaba decidieron que uno de ellos acompañara a Gabriela, mientras el otro intentaría tomar contacto con alguno de los grupos de rescate.
Esto se produjo en el balneario La Toma. Una hora más tarde Gabriela era atendida en el Hospital Vecinal de Capilla del Monte. Allí se pudo comprobar que el estado físico de la muchacha era mucho más comprometido que el de sus compañeros. Presentaba un agudo cuadro de deshidratación agravado por los signos de congelamiento que sufrían sus pies.
El último extraviado, Mario Nuñez, fue hallado el día siguiente al ser avistado desde un helicóptero. Se encontraba sentado en una piedra con evidentes signos de debilidad. Como era difícil acceder por tierra hasta la posición donde se encontraba el muchacho, el piloto de la nave realizó una arriesgada maniobra que le permitió izarlo hasta la máquina. Enseguida se comprobó que pese a su gran agotamiento, su salud era buena.
De esta manera terminaban ocho días de angustiosa búsqueda, sin que por ello quedaran aclarados los interrogantes, que crecieron cuando Gabriela fue entrevistada por un canal de televisión capitalino.
Pese a la prohibición de los médicos el enviado de Canal 9, José de Zer, logró romper el cerco y hablar con Gabriela. Ésta se encontraba bajo los efectos de un poderoso calmante y declaro algo referido a los OVNIs.
Sin embargo en una entrevista posterior, para sorpresa del periodista, la muchacha desmintió todo lo dicho. Lo que quedaba por establecer era cuando había dicho la verdad: si al estar medicada o después.
Por mi parte después de hablar con Gabriela unos instantes el Hospital Vecinal, no dudé que ella era el soporte fundamental de la experiencia y todavía quedaban muchas dudas por desvelar. Por eso no me preocupó su partida ya que, si algo trascendente había ocurrido durante esos día sobre el Cerro, estaba convencido, sin saber porque, que porque, que ella regresaría a Capilla del Monte algún día y quizás podría confirmar mis sospechas.
Una Misión :
Tuvieron que pasar dos años para que pudiera conocer la verdad. En los umbrales de la primavera de 1988, mientras caminaba por una calle de nuestro pueblo vi la figura de alguien que me resultó familiar. Unos días más tarde supe que Gabriela se encontraba en Capilla dispuesta a quedarse a vivir entre nosotros. Me tomé mi tiempo sabiendo que algún día volveríamos a encontrarnos, y así desvelar el misterio que ocultaba la muchacha.
Finalmente nos volvimos a ver pocos días después. Entonces la invité a mi casa para presentarle a mi familia. La confianza que Gabriela nos dispensó se debió en gran parte al respeto que tuvimos por el silencio que rodeó su experiencia en un primer momento. Su testimonio fue espontaneo, tal vez porque lo realizo cuando ella sintió que había llegado el momento de abrirnos su corazón. Lo que transcribo a continuación es el relato de Gabriela de lo ocurrido durante esos ocho días, tal cual lo contó esa noche:
Relato de Gabriela detallado por día:
Lunes 16 : Ayuno
En la mañana del 16 de junio de 1986 llegué junto a otras personas por primera vez a Capilla del Monte. Hacía mucho frío pero era un día muy lindo. Con estos amigos integrábamos, en Buenos Aires, un grupo de ayuda espiritual que recibía mensajes telepáticos de seres extraterrestres. A través de estos mensajes se nos sugirió venir a Capilla del Monte para vivir una experiencia de contacto.
La verdad es que en ese entonces ignorábamos que esta era precisamente, la zona donde se habían manifestado los OVNIs, que provocaban tanto revuelo periodístico.
Esa misma mañana nos dirigimos a la base del Cerro y luego de dialogar con la señora Ema de Campos, encargada del puesto que se encuentra al comienzo del sendero que lleva a la cumbre, nos depusimos a escalar el Cerro para ubicar el lugar donde se viviría la experiencia. Entre otras cosas se nos había sugerido que luego de partir de Buenos Aires, debíamos mantener un ayuno estricto, ingiriendo solamente pan y agua. Será por eso que el termo que llevaba la señora Sabina, desoyendo este pedido, estalló misteriosamente en sus manos mientras realizábamos la caminata hacia el lugar donde pasaríamos la noche. Pasada la media tarde creímos reconocer la imagen recibida telepáticamente en Buenos Aires. Esta señal nos llevó a instalar el campamento en ese lugar. La noche fue tranquila sin que ocurriera nada digno de mención.
Martes 17 : Entrega Total
A la mañana parte del grupo, en especial las personas mayores, decidieron regresar, ya que según estas, la cita se había cumplido, por lo tanto, consideraban terminada la misión. Sin embargo Ricardo, Cristián y Mario no compartíamos ese criterio, así que decidimos continuar el ascenso hacia la cima, guiados por la técnica de la radiestesia que practicaba Ricardo sobre el terreno, y los mensajes que íbamos recibiendo los demás.
En un momento dado, y como prueba de nuestra profunda fe, el grupo tomó la determinación de hacer “entrega total" de los objetos materiales. Decidimos también abandonar nuestros calzados y continuar con el ayuno, así como vestirnos con unas túnicas blancas. Según nos habían sugerido los guías no debíamos sacarnos estas túnicas hasta el final de la misión. En ese momento confiábamos en que, si todo salía bien, regresaríamos al sitio donde las habíamos dejado. El tiempo era bueno aunque un poco frío.
Caminamos el resto del día y al anochecer decidimos buscar un lugar reparado donde descansar de tantas emociones vividas. En todo momento podíamos percibir la presencia de los seres guiando nuestros pasos, al tiempo que hacíamos un profundo planteo de la experiencia que estábamos viviendo. Esa noche, en nuestros sueños sentimos la cercanía de los hermanos superiores velando nuestro descanso.
Miércoles 18 : Cactus
El tiempo continuó frío. Nos lavamos en un pequeño arroyo de aguas cristalinas y bebimos en una vertiente, pero el hambre comenzaba a manifestarse en toda su intensidad. Pudimos comprobar como el ser humano en situaciones extremas comienza a desarrollar una actitud de supervivencia muy particular. Si bien nunca antes habíamos estado en ese lugar, y desconocíamos la vegetación que crece en la sierra, nos alimentamos con un tipo de cactus luego de aplicar el siguiente razonamiento. Si Dios ha puesto espinas en una planta como autodefensa no debe ser de ninguna manera venenosa. (*)
Al atardecer del tercer día acampamos sobre una loma cubierta de paja brava. Como las nubes comenzaron a cubrir el Cerro, y una tenue llovizna helada comenzaba a congelarnos, cortamos pastos secos y los pusimos entre nuestras túnicas y la escasa ropa que teníamos, formando un acolchado que nos ayudó a vencer el clima frió. Así nos dispusimos a pasar una noche más a la espera del contacto.
(*) Mientras los jóvenes estuvieron internados en el hospital, una de las tareas más difíciles de las enfermeras fue extraerles las espinas que tenían clavadas alrededor de la boca y las manos.
Jueves 19 : Viejo Corral
Amaneció nublado. La temperatura había descendido más que a la noche. Persistía la fría llovizna. A pesar de ello reanudamos la marcha hacia algún sitio… (?). A esta altura al hambre y la sed se agregaba el martirio del mal tiempo que empeoraba hora a hora.
Durante la caminata nos cambiábamos la vegetación que llevábamos entre nuestras ropas para mantener el calor de nuestros cuerpos.
En ese momento no podíamos imaginar el amplio operativo que se estaba desarrollando para encontrarnos, y mucho menos, la preocupación que embargaba a quienes seguían de cerca esta búsqueda.
Al final del día, luego de remontar una loma, cuando suponíamos que íbamos a pasar otra noche a la intemperie surgió frente a nuestros ojos las ruinas de un viejo corral, que pese a ofrecer una mínima protección, nos permitió acurrucarnos y entregarnos al sueño. Había pasado una jornada más, pero en ningún momento dejamos de sentir la presencia sutil de nuestros guías.
Viernes 20 : Vacas
El tiempo era malo y por segundo día consecutivo no vimos el sol. Las nubes también seguían bajas y la visibilidad era casi nula. El hambre se volvía intolerable. Ya no teníamos que comer porque en la zona donde estábamos no había cactus.
Entonces se decidió realizar una exploración por los alrededores. Estábamos abocados a esa búsqueda cuando de entre la niebla apareció un grupo de vacas. La sorpresa fue mutua, pero el miedo fue nuestro. Nunca en la vida habíamos estado en circunstancias semejantes. La curiosidad de los animales pudo más que su desconfianza y comenzaron a acercarse hacia nosotros. Solo atinamos a acostarnos en el suelo, en actitud pasiva. Las vacas llegaron cerca de nosotros y nos olfatearon. Finalmente, reconociendo el poco significado que tenía para ellas estos temerosos seres humanos, se alejaron despacio, casi con desprecio, desentendiéndose de nosotros. Y nos sentimos aliviados.
Luego de esa experiencia regresamos al corral para permanecer el resto del día bajo su limitada protección, aunque resguardados del fuerte viento que hacía más cruel la ya baja sensación térmica.
Sábado 21 : Hambre y sed
Amaneció muy frio, pero mejoro la visibilidad porque las nubes se habían disipado un poco. Ese día por momento creíamos escuchar a lo lejos el sonido de un avión que sobrevolaba la zona, sin sospechar que se trataba de helicópteros destinados a nuestra búsqueda.
El hambre ya era insoportable, y luego de sopesar la situación decidimos regresar sobre nuestros pasos, tratando de ubicar el puesto de una estancia que habíamos visto dos días atrás. Los elegidos para buscar ayuda fuimos Mario y yo, mientras Ricardo y Cristián se quedaron en el corral. No había pasado una hora de nuestra partida cuando volvieron a descender las nubes y perdimos completamente la orientación. De esta manera quedamos definitivamente separados de nuestros compañeros.
A la ya dura realidad del hambre se agregó la falta de agua. Así pudimos comprobar en carne propia los estragos de la falta de agua en el ánimo y el espíritu de cualquier ser humano. Descubrimos que el hambre es bastante soportable, pero la falta de agua resulta intolerable.
Ante la caída del sol y encontrándonos en un pajonal, resolvimos utilizar la vegetación como refugio, cruzando la alta paja brava sobre nuestros cuerpos. En ese momento sentimos la angustiante sensación del fracaso.
Domingo 22 : Sola, DIOS, Contacto y Mensaje
Ese día las condiciones del tiempo fueron las peores que se presentaron desde nuestra permanencia en el Cerro. Las nubes se arrastraban sobre los picos de las sierras, hacía muchísimo frío y caía granizo en forma intermitente, haciendo imposible el regreso al corral. Para colmo habíamos perdido totalmente la orientación. Cansados y perdidos, hambrientos y padeciendo una sed terrible, nos sentíamos desesperanzados. En un momento, mientras Mario escalaba la loma que tenía enfrente, me senté en una piedra para recuperar fuerzas. Agotada bajé la cabeza y cerré los ojos por breves instantes; cuando los abrí Mario había desaparecido.
Luego del rescate, estando los dos en Buenos Aires, Mario me contó que a él le había ocurrido algo parecido. Al llegar a la cumbre de la loma se dio vuelta y miró hacia la piedra donde me había dejado, pero yo ya no estaba sentada sobre ella.
Al encontrarme sola me invadió una gran angustia, pero también apareció ante mí la verdadera dimensión de Dios. Aquella soledad en un lugar tan inhóspito me llevó a reflexionar de la siguiente manera “Yo, un insignificante y simple ser humano, estaba perdida en una sierra tan grande; que esa sierra era solamente un pequeño punto dentro de la amplitud de una provincia; que esta provincia era también un territorio tan pequeño dentro de un país tan extenso como el nuestro: que este país: que este país era también una minúscula porción de tierra dentro de un continente; que ese continente era solamente una pequeña referencia dentro del planeta Tierra y, en definitiva, este bello planeta celeste era solamente un insignificante granito de arena en el vasto arenal que es el Universo. Entonces comprendí la grandiosidad del Dios creador, a través de toda esta belleza. Y asumí que durante todos los años vividos hasta el momento me habían engañado al hacerme creer en un Dios demasiado humano y limitado.
Por estos pensamientos no pude menos que dar gracias al Cielo y reconocer la grandeza de Dios, a pesar de los duros momentos que estaba viviendo.
También advertí que ni el dinero, ni ropas lujosas, ni siquiera un buen automóvil hubieran servido para modificar mi situación. Por todo eso me revalorice, como ser humano y con profunda fe, supe como a través de la elevación espiritual hallaremos el camino verdadero de la Luz que nos conduce al encuentro del maestro de los Maestros: Jesús de Nazareth.
Luego de este profundo pensamiento comenzó a crecer en mi interior una significativa y curiosa vitalidad. Entonces decidí buscar a Mario, al que suponía cerca. Subí por las piedras y cuando menos lo esperaba se abrieron las nubes y pude ver el pueblo a lo lejos, lo que me produjo una gran felicidad y tranquilidad. Con esta referencia emprendí la marcha en dirección a Capilla del Monte. Cuando descendía por una cañada advertí que la vegetación se tornaba de un tenue color verde, por lo que supuse que en el lugar debía haber algún arroyo. Luego de caminar por más de una hora me encontré frente a un desnivel del terreno que me impidió seguir avanzando. Por eso a pesar de la sed que me atormentaba busqué refugio para protegerme ante la llegada de la noche. Enseguida encontré una cueva que contenía un mullido colchón de hojas secas. Apenas me acosté el sueño llegó rápidamente.
Fue entonces, estando profundamente dormida, cuando percibí la presencia astral de un Ser que me pidió con mucho amor que orara. Tras unos instantes de profunda oración me acometió la desesperante sed y desperté. Cuando lo hice, observe frente a mí un Ser de gran estatura; de unos tres metros. Este Ser vestía un ajustado traje luminoso parecido a los mamelucos que usan los aviadores, con un cinturón brillante y botas altas. Su rostro era de una textura muy particular, parecía marcado y de color verde mate. Sus cabellos eran blancos, muy largos y tirados hacia atrás. Sus ojos rasgados, de conformación felina, mientras su boca y nariz eran normales.
Su presencia elevó mi fe y me transmitió una serenidad y paz que abrió mis sentidos. En ese estado de placidez recibí el mensaje. El Ser me indicó la razón de la presencia de los extraterrestres en nuestro planeta y me sugirió difundir los siguientes conceptos “Ellos operan en la tierra para preservar al planeta; de existir una situación traumática que afectara la gravedad del planeta como consecuencia de una explosión nuclear, parte de la humanidad que lo habita será resguardada en su condición genética, del mismo modo que se hizo con el arquetipo Noé antes del diluvio. Sin embargo antes de que esto ocurra la misión de estos Seres será mantener el equilibrio solar. Finalmente se me pidió que transmitiera este mensaje a todos aquellos a quienes pudiera llegar: de producirse situaciones críticas como las referidas, es posible que muchos habitantes del planeta verán a estos Seres físicamente, por lo tanto no deben temer, ya que ellos sienten por nosotros un profundo sentimiento de amor y, en su momento, nos prestarán su ayuda”.
Luego regresé, apaciblemente a mi sueño normal. Sin que pudiera ver como el Ser extraterrestre se retiró del lugar.
Lunes 23 : El Rescate
Me despertó el canto de los pájaros. Este nuevo día se presentaba hermoso. El cielo estaba despejado y azul. Gracias a la luz del día pude reconocer el escollo que no había podido superar la noche anterior. Era una enorme piedra que me separaba unos siete metros del suelo. Cuando intenté descender por ella perdí pie y me precipité al vacío. Pero cuando estaba por tocar el suelo sentí que una fuerza misteriosa me detenía, para depositarme suavemente en el lecho del arroyo seco. Continué caminando, y tal cual lo había previsto, encontré una vertiente de agua cristalina, que al beberla la sentí como un néctar milagroso.
Seguí el curso del arroyo con la esperanza de encontrar el pueblo. Durante la caminata pude identificar con mucha alegría la cresta del Uritorco. Al intentar subir en dirección a la cumbre sentí que mis fuerzas se habían agotado. Mis doloridos pies se negaban a transportarme. Cuando ya no podía dar un paso más, escuché unos gritos. Yo también grite pidiendo ayuda. Por suerte me escucharon. Dos muchachos se acercaron. En sus rostros pude ver la sorpresa que les causaba mi estado. Uno de ellos se quedó a mi lado y me ofreció su zapatilla. Mis pies a esa hora estaban destrozados. El otro muchacho corrió a buscar ayuda. Con mi ocasional compañero caminamos lentamente siguiendo el curso del río hasta el anochecer. En el camino nos encontró la Patrulla de Rescate y me trasladaron hasta el Hospital.
Nunca terminaré de agradecer la ayuda recibida por los muchachos que nos encontraron y los bomberos que completaron mi rescate. Estos muchas veces tuvieron que cargarme en brazos durante largos tramos donde era imposible utilizar la camilla por lo escarpado del camino.
Por todo esto vaya para ellos mis más sinceros deseos de que Dios los bendiga.
Una larga recuperación :
Al llegar al pueblo los periodistas pretendían entrevistarme, hacían preguntas referidas a los OVNIs. Esto me sorprendió porque no entendía como relacionaban nuestra experiencia con esos fenómenos. Hasta ese momento, como ya dije, desconocía la relación que tenía el Cerro Uritorco con una serie de avistamientos. Pero como los Hermanos Superiores nos habían sugerido que guardáramos silencio durante 15 días, para realizar una profunda reflexión sobre lo ocurrido, no hice declaraciones, salvo en un momento cuando confusa por los medicamentos, me entrevistaron.
Me alegró mucho saber que mis compañeros se encontraban en buen estado físico, pese al cansancio. Un pariente mío fue el encargado de organizar el regreso que se produjo a los pocos días.
Ya en Buenos Aires el médico que me atendía por el estado de mis pies, se mostró sorprendido de que no me hubieran realizado la amputación en Capilla del Monte, ya que estaban afectados con la patología “pie de trinchera”. Tenía ambos pies con tejidos sumamente necrosados, sin movilidad, evidenciando falta de circulación en las arterias. Cuando le pregunte cual sería el alcance de la amputación, me respondió que arriba de los dedos, casi a la mitad del pie. Quise saber también cuánto tiempo podía dejar pasar sin realizar la operación, a lo que el médico me dijo que no más de cinco días. Postergar la intervención implicaba aumentar el riesgo de que la enfermedad se extendiera y tuvieran que amputarme hasta los tobillos. Sin embargo prefería correr el riesgo.
La terapia recomendada fue igual a la implementada en el Hospital de Capilla del Monte, baños frecuentes de agua tibia y sal, acompañado de masajes, calor, ejercicios de movilidad y, sobre todo absoluto reposo. Algo que en realidad me resultaba imposible cumplir, pese a la desesperación de mi madre, porque mi energía era tanta, que no podía quedarme un minuto quieta. Caminaba todo el día por la casa con unas enormes pantuflas que hacia graciosa mi pequeña estatura.
Un hecho curioso me ocurrió en esos días. Durante los baños con agua un cosquilleo recorría todo mi cuerpo, semejante a una descarga eléctrica.
Habían pasado tres días de los cinco establecidos por el médico, cuando la piel ennegrecida por el frío comenzó a caer, las uñas volvieron a crecer y, con la reposición de la piel, volvió a verse el lunar que tengo en mi pie derecho y que había desaparecido.
Al cumplirse el quinto día el medico volvió a revisar mis pies y con sorpresa los encontró casi normales. Había recuperado la movilidad y al restablecerse la circulación había desaparecido el edema. Esto significaba que volvería a caminar normalmente. Para mí fue una prueba de nuestra fe y entrega total. Ya que con la devolución de mis pies me veía ampliamente recompensada, situación que renovaba el compromiso asumido en el Cerro Uritorco con los Hermanos Superiores.
Conclusión de Jorge Alberto Suárez :
Esta es la historia vivida por cuatro jóvenes a los que se podrá calificar de muchas maneras, pero no se puede dejar de reconocer su enorme fe y entrega.
Por mi parte no considero absurdo ni mucho menos fantasioso este relato. Casos como el descrito vienen sucediendo desde hace milenios, basta con leer con la mente abierta el Génesis de la Biblia donde encontraremos muchos relatos similares. Estos guías espirituales estuvieron siempre presentes en todos los tiempos, expresando un sentimiento de amor profundo y una voluntad de protección, pese a nuestra constante tendencia suicida. Se diría que actúan como si se tratara de padres con infinita paciencia para con nosotros, una y otra vez, intentan cuidarnos de los mismos daños que nos infringimos, al destruir nuestro hermoso planeta.
Vaya entonces para estos jóvenes las bendiciones de Dios, especialmente para mi fraterna amiga Gabriela, por haber renovado una vez más, el ancestral encuentro de las antiguas culturas con los Hermanos Extraterrestres.
Una sierra cargada de enigmas :
Extracto del libro: “En busca del misterio”
Autor: Dr. Fernando Jimenez del Oso
Por muy interesante que sea, desde el pragmático punto de vista de un productor una huella dejada por los ovnis no es razón suficiente para que un numeroso equipo de rodaje se traslade con todos sus pertrechos, incluidas dos cámaras de 35 mm., focos y dos grupos electrógenos portátiles, desde Buenos Aires hasta Córdoba. Ni yo mismo lo habría planteado, pero había otro motivo para el viaje, otra historia que contar, aún más extraordinaria, en ese mismo paraje argentino.
Tal vez a los ajenos al tema les parezca excesivo el término «zona caliente» que los ufólogos utilizan al referirse a lugares en los que el fenómeno ovni es especialmente pródigo, pero en el caso de Capilla del Monte resulta más un eufemismo que una exageración. Está a una hora por carretera de la ciudad de Córdoba, hacia el norte, al pie de una sierra formada por cerros erosionados y profundas quebradas, donde todo lo extravagante encuentra asiento y de la que un cerro, el que llaman Uritorco, es el epicentro.
Si los que hablamos de estas cosas supiéramos realmente de qué estamos hablando, conoceríamos las razones por las que ese abigarrado conjunto de sucesos absurdos que encuadramos en el fenómeno ovni se centra habitualmente en torno a lugares considerados desde antiguo como mágicos o legendarios. Intentamos razonar sobre ello y aludimos a causas telúricas: geomagnetismo, aguas subterráneas, radiactividad..., sabiendo que, en el mejor de los casos, se trata de una visión parcial del asunto. Aunque resulte incómodo admitirlo, la experiencia parece indicar que, sin negar su materialidad, «luces», «naves» y «extraterrestres» parecen más vinculados a lo psíquico y lo espiritual que a lo físico y resulta más probable su localización sirviéndose de la intuición de un paragnosta que de un contador Geiger.
Uritorco, como algunos otros lugares de este planeta, cumple esas condiciones: es fecundo en acontecimientos extraordinarios y atrae con un canto inaudible de sirena a sensitivos y contactados, quién sabe si para premiarles con una apertura de conciencia o para devorarlos psíquicamente.
Gabriela no tiene dudas: eso fue bueno para ella. Al verla tan frágil, tan desnuda de defensas y, sin embargo, tan libre para sonreír, uno piensa si no tendrá razón. Llegó a Uritorco con otros tres amigos, llevados por un «contacto», citados sin día ni hora a los pies del cerro, para que, desde allí, su sexto sentido les guiara a un lugar de la sierra donde tendrían su encuentro con los «maestros» de Erks, la ciudad subterránea que, según dicen, comparte el espacio de Uritorco, pero a la que sólo los elegidos tienen acceso, porque no está en ésta, sino en otra dimensión. Dejaron su calzado al borde de un sendero y, vestidos con túnicas blancas, iniciaron el ascenso al cerro. No era buena época para su peculiar excursión y cuando menos lo esperaban la niebla cubrió Uritorco borrando con su velo cualquier traza de vereda. Tras la niebla vino la noche y, tras ésta, de nuevo la niebla y una copiosa nevada.
Durante varios días fueron buscados por el ejército y la policía civil. Al fin, uno a uno, fueron encontrándolos, hambrientos y agotados, pero vivos. Si no recuerdo mal, Gabriela fue la última. Cuando dieron con ella llevaba ocho días perdida y tenía los pies destrozados. El primero en atenderla fue el médico de Capilla del Monte, con el que estuve charlando. A pesar de los años, recordaba perfectamente su impresión al ver el lamentable estado de la muchacha y, sobre todo, sus pies gangrenados. Tras una primera cura, hizo lo único posible: enviarla a un hospital de Córdoba, la capital. Aun que desnutrida y sumamente débil, no fue difícil su recuperación; el auténtico problema lo constituían sus pies. Dada la irreversibilidad del proceso y el peligro que suponía para su vida, el criterio fue amputarlos, pero Gabriela «supo» que sus pies sanarían y pidió unos días de plazo.
Contra todo pronóstico, en menos de una semana la piel necrosada se había desprendido y arterias y tendones, antes cruelmente dañados, recuperaron sus funciones. Ahora camina con esos pies; lo hace grácilmente y, si se le pide, los muestra satisfecha para que vean que no hay rastro alguno de lesiones. Puede que el diagnóstico no fuera el correcto o que su mente pusiera en marcha misteriosos procesos auto-regenerativos, pero también puede ser que nos hallemos ante un caso más de curación «milagrosa», médicamente inexplicable. Estuvimos hablando de ello al amor del fuego, en el pequeño campamento que habíamos instalado en las inmediaciones del cerro por si teníamos la suerte de filmar alguna de esas luces que allí todos han visto. A impulso del viento, la hoguera llenaba el aire de chispas que revoloteaban entre nosotros caprichosas y efímeras pero más allá de ellas y de un par de linternas que iluminaban las tiendas, todo era oscuridad y silencio. En ese ambiente propicio a las confidencias, la voz suave de Gabriela sonaba como venida de un mundo a medio camino entre éste y el de los cuentos de hadas. Me llegan a la memoria sus ojos, abiertos de par en par, más atenlos a lo que rememoraba que a lo que tenía alrededor, y la piel casi transparente de su cara; parecía a punto de disolverse en el aire y volver a la Tierra Media de los relatos de Tolkien.
Sus recuerdos eran vagos y hechos a retazos, como secuencias inconexas de una película: el frío, la pérdida de contacto con sus compañeros, la soledad y, finalmente, el abandono de sí misma, la mansa entrega a la muerte, en aquellos momentos más dulce y piadosa que siniestra. No llegó, o llegó apenas, si es que la Parca se conforma en ocasiones como esa con acariciar a su presa y dejarla luego. Tal vez fuese porque Gabriela estaba acompañada. Ella no tiene duda: fueron seres de Erks quienes la cuidaron hasta que llegó el equipo de rescate. Los vio y habló con ellos. Días después, ya sin verlos, fue a ellos también a quienes pidió ayuda cuando iban a cortarle los pies. ¿Cómo saber si todo se limitó a un delirio inducido por la fiebre y el hambre o fue otra cosa?.
Ante la duda, pronunciarse por una explicación razonable parece lo sensato, pero, ¿cuáles son los límites de lo razonable en un lugar donde lo absurdo se ha convertido en lo habitual? No es sólo Gabriela, otros afirman haber visto a esos mismos seres, altos, vestidos de blanco, deslizándose sin pisar el suelo, con una marcha uniforme que ignora lo abrupto del terreno... Entre los testigos abundan los que, sin estar comprometidos emocionalmente con el tema pese a su proximidad, viven en las inmediaciones del cerro. Son los mismos que con frecuencia ven las esferas de luz, esos globos anaranjados o azules que, sin ruido alguno, parecen brotar de las laderas del cerro, solitarios o en grupo, para volar a poca altura por entre las quebradas o, visibles desde varios kilómetros de distancia, dirigirse desde Uritorco a otros cerros y desde ellos a Uritorco. Luces esféricas que al final de su recorrido desaparecen tragadas por la sierra, introduciéndose en las laderas sin dejar huella alguna, como si carecieran de materia. Son... «las luces de Erks».
Unos creen que forman parte del fenómeno ovni, «simples» foo-fighters, en tanto que otros aseguran que se trata de entidades más espirituales que físicas: los propios habitantes de Erks. Casi todos los vecinos de Capilla del Monte, una pequeña ciudad al pie del cerro, han sido testigos del paso de estas «luces», descritas como de varios colores y de forma esférica. Seres y luces no constituyen la única peculiaridad de Uritorco; el cerro y una amplia zona en torno a él son escenario frecuente del paso y evoluciones de ovnis convencionales, aparentemente sólidos y con formas semejantes a las de tantos otros. Hay muchas personas en Capilla del Monte que los han visto en una o varias ocasiones; desde Walter Co, el entonces alcalde de la pequeña ciudad, que perdió el control y se estrelló con su coche por la inesperada aparición de un enorme ovni junto a la carretera, hasta Carlos Parodi, el dueño del hotel donde nos alojábamos, pasando por Jorge A. Suárez, nuestro corresponsal en la región, Eduardo Aguado, jefe de correos, los guardias municipales y una larga lista de ciudadanos. Gente común, simples testigos que están seguros de lo que vieron, pero que se encogen de hombros cuando se les pregunta sobre Erks y sus espirituales habitantes. «Algo» debe haber allí. Lo irritante es que ese «algo» se escurre por entre los pliegues de la realidad y los hechos quedan reducidos a simple crónica, sin poder saber qué intención hay detrás de ellos ni qué plan los aglutina. El momento para sacar conclusiones no ha llegado aún, quizá no llegue nunca, pero entre tanto es preciso acumular cuanta información sea posible, sin despreciar ninguna, no sea que por soberbia intelectual nos perdamos lo más interesante.
Por eso agudicé el oído cuando, pocos meses después, conversando por teléfono con un viejo amigo de Miami, surgió la palabra Erks. El amigo en cuestión es un empresario del mundo editorial y, aunque le sabía interesado por estos temas, ignoraba que fuera uno más en la ya inmensa red de «contactados». No me sorprendió demasiado, pero sí que hiciera referencia a Erks y situase la pseudomaterial ciudad en Uritorco. Lo que yo creía un tema local, resultaba ser familiar para contactados de diferentes países americanos y europeos, que en pequeños grupos acuden periódicamente a la sierra cordobesa para tener encuentros con los «maestros». Mi amigo llevaba años haciéndolo y, según me confió con toda naturalidad, había visto la ciudad de Erks en varias ocasiones. Era una pieza más en el rompecabezas. Pero aún surgiría otras pocas semanas después. Cuando se prepara un artículo o un libro sobre determinado tema, se exacerba la capacidad asociativa, se desarrolla el «olfato» para cualquier noticia o dato que pueda tener relación con el tema en que se está trabajando, aunque tampoco faltan quienes dicen que se trata de «causalidades», es decir, de aparentes coincidencias que no son fruto de la casualidad, sino de una estrategia que trasciende lo humano. En este caso, casual o puesto delante de mis narices por yo que sé quién, el nuevo dato era una breve crónica enviada por uno de nuestros corresponsales en Extremadura. Por sí misma, la nota nada tenía de espectacular, en síntesis, se trataba del éxodo de unas cuantas familias pacenses bajo la guía de un líder espiritual de la zona.
Lo significativo es que el punto de destino era Alta Gracia, un pequeño pueblo argentino situado a poca distancia de Uritorco y vinculado a las supuestas energías telúricas que hacen de esa parte de Argentina un lugar especial. Ante los medios de comunicación, los protagonistas de ese viaje sin retorno adujeron razones de tipo ecológico, refiriéndose al clima y a la naturaleza del suelo de esa región americana como los idóneos para el cultivo de plantas salutíferas y medicinales, lo que carece de todo sentido para quien haya estado allí. El auténtico motivo por el que esas familias extremeñas, a las que se unieron otras en los siguientes meses, dejaron su tierra y sus amigos para afincarse en un lugar tan lejano era mucho más extraordinario. Ni su propio gurú lo tenía totalmente claro, sólo sabía que esa especie de Nueva Jerusalén está llamada a desempeñar un papel fundamental en los sucesos que aguardan a la humanidad. La sospecha, por no decir convencimiento pleno, entre los «iniciados» es que tales acontecimientos serán catastróficos para la mayor parte del planeta. El norte de Argentina es una de las zonas que quedarán indemnes, por eso las entidades que nos tutelan están «llamando» por vía inconsciente a la gente para que se instale allí. Puesto que esa llamada no es percibida por todos, queda la duda de si está reservada a los «elegidos» o vale para cualquiera que tenga un cerebro adecuadamente receptivo.
Como en todo esto de los «contactos» y de las «llamadas interiores» hay mucho de narcisismo, los perceptores se apuntan a la tesis de una elección y no a la de una peculiaridad fortuita de su masa encefálica. ¿Disparatado? Vaya usted a saber..., el hecho es que no se trata de algo nuevo, y que son muchos los que creen firmemente en el final de una etapa de la humanidad, obviamente plagado de guerras y catástrofes naturales, ya previsto por una especie de «hermanos mayores» que están disponiendo las cosas para que grupos espiritualmente selectos de personas sean el germen de una nueva y mejorada humanidad; recuerde si no el lector lo que decía Daniel Ruzo a propósito de Marcahuasi. En el caso de Uritorco, lo llamativo es que sus peculiaridades (esferas de luz, individuos levitantes, naves, punto de cita para encuentros místicos, etc.) no pueden atribuirse a una moda pasajera debida al cambio de milenio, porque ya era un lugar «especial» en época precolombina. Los comechingones, indios de esa región que, entre otras cosas singulares -aparte de su mismo nombreposeían un idioma propio, consideraban tabú al cerro Uritorco por la aparición de luces y la presencia de extraños seres.